Los conversos y la internacional islámica de hace 400 años

Anteayer los telediarios nos contaron la enésima operación antiterrorista contra el yihadismo en Catalunya. Todos los antecedentes, con el paradigmático caso de los 11 del Raval en la cabeza, indican que se trata de otra razzia indiscriminada basada en pruebas endebles y que sólo se justifica por la hoy tan cacareada inminencia de atentados en Barcelona. Igual que con las operaciones Pandoras, nos podríamos preguntar donde están los famosos atentados islamistas con los que tanta alarma social nos quieren crear. Si queréis un spoiler de cómo puede ir todo, os recomiendo mucho que veáis el documental “Rastros de Dixan”.

Pero además de contarnos que los presuntos no serían tan presuntos cuando estaban en posesión de -oh! horror!-fotografías de lugares emblemáticos de Barcelona, prueba irrefutable de que iban a atentar en breve -¿a qué vienen si no millones de turistas que hacen lo mismo?-, los medios basura, casi todos, se interesan mucho por una novedad: varios de los detenidos no sólo tenían nacionalidad española sino que eran españoles -o catalanes- de los de verdad, con sello de garantía étnica, nacidos de un útero también español -o catalán- y culturalmente cristiano. La banalización de los reportajes llega al nivelón de destacar que los conversos se habían dejado barba larga y paseaban con chilaba, como si ser musulmán implicara vestirse de una manera determinada.

Supongo que la islamofobia al uso, en el fondo un mal enmascarado racismo con tintes culturales y religiosos, necesita de ese aroma a arena, té y bosta de camello para dejar claro que convertirse al islam significa, en resumidas cuentas, convertirse en moro. Y las imágenes de un joven aborigen de la ribera norte del Mediterráneo con una barba larga da mucho el pego como aborigen de la otra orilla. Lo sé por experiencia.

Aquí toca recordar que el país donde hay más musulmanes es Indonesia, y que también los podemos encontrar en Bosnia, China, Chicago o Senegal, y que no tienen ningún aspecto de camelleros sacados de las mil y una noches. Y es que parece que cuesta explicar que una cosa es el islam -una religión- otra el árabe -una lengua- y otra un moro -habitante del Magrib, la antigua Mauritania romana. Y para hacerse musulmán sólo hace falta decir que eres musulmán. Si quieres profundizar y acojonar a los de la panadería cuando saludes al entrar, puedes aprender alguna frase en árabe, pero es opcional.

Y es que el islam es una religión que pretende ser universal –católica– y que, tirando de símil informático, está muy bien empaquetada para implementarse en cualquier entorno. De hecho no es ninguna tontería llamarla católica, pues si omitimos las leyendas sobre caballerías milagrosas que surgen del desierto, el islam es la religión a la que se convirtieron -en un proceso histórico, no de la noche a la mañana- la mayoría de los territorios donde anteriormente había nacido el cristianismo.

Después llegaron cruzadas y reconquistas, y nos hicieron creer que los primos del otro lado del charco eran poco menos que marcianos, todos salidos de la misma tienda en medio del desierto de donde salió Mahoma.

Ay! pero en el título había puesto nosequé de hace cuatro siglos. Vamos a ello.

Hacia el año 1600 había un imperio que se desmoronaba. Bueno, no, que estaba a punto de desmoronarse. Después de conquistar a hostias el Nuevo Mundo y gastar toda la plata que saquearon para pagar guerras en Europa, cada vez había más zonas de la monarquía hispánica donde sí se ponía el Sol. Uno de esos lugares de sombra eran los Países Bajos. Tras décadas de guerra, las Provincias Unidas conseguían la independencia de facto y se convertían en un refugio para los represaliados de las guerras de religión de media Europa.

Felipe III decide tomarse una pausa y pactar una tregua con neerlandeses, franceses e ingleses, y algún historiador lumbreras decide llamarlo Pax Hispánica. Aprovechando este periodo, el rey, que se aburría, decide decretar la expulsión de los moriscos de los diferentes reinos peninsulares. Los moriscos -sí, hay que explicarlo- eran los habitantes de Iberia que, a golpe de decreto, habían dejado de ser oficialmente musulmanes en 1526.

Toledo había sido conquistada por los cristianos en el siglo XI, Zaragoza en el XII y Valencia y Sevilla en el XIII, así que ya podéis ir contando cuantos siglos vivieron estos mudéjares -como se llamaba a los musulmanes que vivían en terreno reconquistado– bajo reyes cristianos y cuanto podían tener de africanos o árabes -nada. Pero el rey sí creía que estos moriscos, mayoría de la población en muchas comarcas, eran algo así como un quiste africano injertado en la muy católica España, y procedió a expulsarlos embarcándolos hacia el Magreb, donde muchos fueron recibidos a palos.

Imaginaos la kafkiana situación de ser exiliado acusado de ser una cosa que por ley no puedes ser -musulmán- y ser devuelto a un lugar al que no perteneces. Muchos nobles terratenientes, cristianos, protegieron a sus vasallos moriscos para que no fueran expulsados, no tanto por humanitarismo como por interés, que su riqueza era su mano de obra.

Otros decidieron huir antes de ser expulsados, sobretodo los que tenían más patrimonio que salvar. Los de la próspera villa de Horanchos, en Badajoz, fundaron un puerto comercial donde surgiría la ciudad de Rabat. En la otra orilla de la desmbocadura del Bu Regreg se encontraba otra ciudad, Salé, que se había convertido en un puerto pirata donde se refugiaban otros damnificados de la Pax Hispánica: Los corsarios, mercenarios marineros, que habían luchado contra los Austrias bajo la protección de Francia, Inglaterra y sobretodo los Paises Bajos, que se quedaron en paro al declararse la tregua multilateral. Y en tiempos de paz, el corsario se convierte en pirata o, para ser más precisos, filibustero –vrijbuiter, el que toma botín libremente, por su cuenta.

La colaboración entre Moriscos y Piratas se manifestó en el nacimiento de la república de Salé, principal foco de la piratería atlántica antes de que ésta cruzara el océano para instalarse en el Caribe. Es destacable que la mayoría de los europeos allí afincados se convertían al islam, lo que en la península se conocía como ser un renegado.

Otra opción para los moriscos, especialmente en Aragón, fue huir hacia el norte, a través del Pirineo. Algunos emprendieron largos viajes a través del Mediterráneo para llegar a territorios de mayoría musulmana, pero es de suponer que muchos se acabarían fundiendo entre las poblaciones de acogida de sus destinos europeos.

En el año 1611 aparece el protagonista de nuestra historia: Ahmed Ibn Qasim Al-Hajarī. Este embajador marroquí, de origen morisco, no sabemos si hornachero, emprendió una misión diplomática en Francia y los Paises Bajos, en principio con la finalidad de contactar con la diáspora morisca y facilitar su viaje a África, pero parece que no fue la única.

El hecho de conocer intelectuales protestantes, fundamentalmente calvinistas, le hizo llegar a la conclusión que aquellos cristianos reformados, enfrentados al Papa y su guardián hispánico, que rechazaban la idolatría y muchas otras doctrinas católicas, en el fondo eran musulmanes pero no lo sabían. Así que decidió centrar sus tareas en traducir al latín textos religiosos para difundir el islam entre los protestantes del norte de Europa. Sus elucubraciones fueron más allá y proyectó la idea de crear una gran alianza entre su reino, el sultán turco, holandeses e ingleses para derrotar el imperio español bajo la bandera de un monoteísmo verdadero.

Parece que sus conspiraciones no llegaron muy lejos, y esta pequeña grieta que intentó abrir en el muro que separa la Europa cristiana y el África musulmana no dio resultados muy llamativos o muy reseñables por los historiadores. Pero podemos imaginarnos algunos, nunca sabremos cuantos, jóvenes europeos que se convencieran de que el verdadero nombre del dios que buscaban era Allah y que en su nombre podían luchar contra el imperio y emigrar a un lugar donde vivir su nueva fe en libertad.

La efímera república de Salé, 1627-1668, pudo haber sido ese espacio donde se refugiaron los últimos musulmanes de la Europa occidental -fueran moriscos ibéricos o renegados neerlandeses- dedicándose a saquear a los saqueadores de América y a experimentar con formas de gobierno que tal vez inspiraron las experiencias piratas en el Caribe.

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